Pregones y sermones

Se van arremolinando en las iglesias grupos de cofrades que miran al cielo y rezan para que no llueva. Y comienzan los triduos y los quinarios, las peregrinaciones por las iglesias de barrio y a escucharse bandas que ensayan sonando el gran preludio de estos días.

Por estas fechas de Cuaresma comienzan a sucederse los pregones que son una liturgia con fecha propia y que reúnen a los de siempre donde siempre. Hay amistades que son de Semana Santa y también hay postres que son de Semana Santa. Mi padre ha aprendido hacer torrijas y se nos ha adelantado el calendario en casa y parece que otro año, nuevamente, es al fin Sema Santa.

Pero los pregones, como las torrijas, no los sabe hacer cualquiera. Tienen tanto de ciencia como de arte. Y muchas cofradías e instituciones se han empeñado en que sólo les sirven políticos, que para eso mueven «flashes». Pregonar es un aldabonazo entre la literatura de un texto bien escrito, la historia y el sentimiento. No consiste en ponerse delante de un atril a desgranar recuerdos vagos de la infancia que ha hilvanado un jefe de prensa o una secretaria en horas de trabajo.

Y es que desde hace algunos años se utilizan muchos pregones para hacer política o en pago por los servicios prestados, y no precisamente a la Semana de Pasión. Por aquí lo sabemos bien. Lo han dado Soraya, Ana Botella y algunos empresarios que demostraron que entre escribir informes y pregones hay un trecho. Por suerte este año va Ángel María de Pablos, que es volver a una tradición necesaria de poetas y escritores.

Es innegable esa moda en toda España de encargar pregones de Semana Santa a políticos. Políticos que, salvo raras excepciones, confunden un pregón con un sermón y se van los asistentes sermoneados y en las mismas. Luego está la teoría de mi abuelo Godo, que decía que un pregón de menos de treinta páginas no es pregón. Pero esa ya es otra historia.

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