Es que era Quini

Quini nuestro que estás en los cielos… podría rezar el epitafio sobre la tumba de uno de los mejores delanteros españoles de todos los tiempos. Quini marcó muchos goles a lo largo de su carrera pero, como se ha repetido hasta la saciedad estos días, los mejores se los hizo a la vida. Uno tiene recuerdos en nebulosa, como en blanco y negro, de aquel hombretón con aspecto de amigo de la pandilla, de los que siempre han andado por casa. Quini, como Romay en baloncesto, era uno de esos tipos que te reconciliaba con el ser humano. Quizá por ello su ausencia nos pesa a todos como si fuera la de alguien cercano.

Quini celebraba todos los goles -los suyos y los de sus compañeros- como el niño que festeja su primera diana, el primer gol de su vida, con esa cara de incredulidad que producen las hazañas que nunca pensamos que podríamos protagonizar, con los brazos extendidos hacia adelante, demandando el abrazo, con el cuerpo semiagachado y la sonrisa al viento… muy lejos, en todo caso, de la soberbia con la que celebran hoy los suyos muchos multimillonarios de la patada (algunos parece, incluso, que hubieran descubierto la vacuna contra el cáncer o que hubieran escrito el Quijote, por haber traspasado con mayor o menor habilidad o estética una línea blanca).

De Quini se han contado estos días mil y una anécdotas, pero un buen amigo me refiere una que no he visto en ninguna parte recogida y que supongo que será cierta (aunque si no, apliquemos ese adagio italiano del «si non è vero, è ben trovato»). Quizá fuera en alguno de los enfrentamientos del 76 ó 77, o tal vez tras el último que Quini disputaría frente al Pucela con la camiseta de su Sporting, allá por 1986. Pongamos que fue éste porque la peripecia está en este caso por encima de las coordenadas de tiempo y espacio. Volvía el Real Valladolid de un partido en el Molinón en el que el Sporting nos había dado para el pelo con un rotundo tres goles a cero, el último de los cuales se lo había endosado a Fenoy el inmortal Brujo. Al salir de Gijón el autobús que transportaba a los cariacontecidos blanquivioletas no quiso arrancar y la cosa amenazaba con una obligada pernocta en Gijón. Pero entonces, Enrique Castro fue a la oficina del club, levantó el teléfono y llamó a un taller, en domingo y por la tarde, para ver si podían hacer algo. El autocar fue reparado y los pucelanos llegaron a dormir a casa. Cuando el conductor le quiso agradecer al mecánico el detalle, éste le contestó con un tan escueto como evidente: «Es que era Quini».

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