Una ruptura natural

No podrá decir medio PP que le haya sorprendido la decisión de Soraya Sáenz de Santamaría de abandonar la política

tras dieciocho años de presencia activa en el partido. Y no podrá decir otra parte del partido que le apene esa decisión…

La renuncia de Santamaría a involucrarse en la etapa de liderazgo de Pablo Casado no está tan vinculada a una decisión personal derivada de su deseo de empezar otra fase de su vida profesional y familiar -lo cual es legítimo-, sino a la imposibilidad emocional de adaptarse sumisamente a un liderazgo que no sea el suyo. Su fracaso en ese engendro de primarias que inventó Génova supuso una frustración personal para ella. Nunca fue un icono orgánico del partido, pero pese a no haber sido tampoco cabeza de lista en un proceso electoral, confiaba en ser el eslabón natural con el que Mariano Rajoy vería resuelta su sucesión, una vez descartado Alberto Núñez Feijóo.

La moción de censura de Pedro Sánchez aceleró los tiempos de un relevo con el que nadie contaba hasta 2020, y Sáenz de Santamaría tuvo que improvisar en busca de un liderazgo que creía resuelto de antemano. Ese fue su principal error. Creer ganada la pugna sin haberla mantenido y obviar el efecto de las alianzas contra ella. Medio partido, y parte del que aún le resultaba afín, le culpó de inmediato de la estrategia jurídica emprendida contra los líderes golpistas del proceso separatista de Cataluña y de los irrelevantes efectos de la aplicación del artículo 155 de la Constitución.

Pero solo era una coartada injusta porque todo el Consejo de Ministros respaldó la estrategia. La realidad es que se había granjeado demasiados enemigos dentro del PP haciendo y deshaciendo en el Consejo de Ministros y dividiendo a ministros, cargos orgánicos y barones del PP.

No fue noticia que en las primarias se encontrara enfrente a Maria Dolores de Cospedal para restarle opciones. Todo consistía en que, fuese quien fuese el sucesor de Rajoy, no lo fuera Santamaría. Los encontronazos entre ambas fueron constantes desde siempre, y 2011, año de la última mayoría absoluta del PP, fue determinante.

En el congreso del PP ambas salieron profundamente enemistadas a cuenta de pugnas personales que Rajoy nunca pudo -ni quiso- atajar. El ego en política influye sobremanera en la toma de decisiones, y la «integración» es un simple reclamo cosmético para entretener los corrillos periodísticos. Pero ni Casado ha querido integrar a Santamaría, ni Santamaría se ha querido sumar al proyecto de Casado. Es una ruptura natural. Son códigos internos supeditados a la pulsión de poder. No hay más.

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