Un descapotable en marzo

CARMELO ENCINAS. DIRECTOR DE OPINIÓN DE ’20MINUTOS’

Carmelo Encinas

De chaval, yo también lanzaba cohetes. Pronto aprendí a triturar y mezclar azufre con carbón vegetal y clorato potásico, componentes básicos de la pólvora negra que inventaran los chinos hace dos mil años. La combustión de aquel compuesto tan primario no es que tuviera un gran poder de impulsión, pero resultaba lo suficientemente potente como para elevar pequeños artefactos caseros unas decenas de metros. A mí aquello me parecía una hazaña tecnológica. Un día se me fue un poco la mano embutiendo la pólvora en la carcasa y cuando le pegué fuego, en lugar de alzarse al cielo, reventó y casi me vuela la cabeza. Fue mi última incursión en la carrera espacial.

Este oscuro pasado que ahora les descubro me permite entender mejor la emoción que debió sentir Elon Musk cuando vio elevarse, con aquella majestuosidad épica, el gran cohete diseñado por sus ingenieros de SpaceX, la empresa de la que es consejero delegado el magnate de Tesla.

Claro, que no es lo mismo la experiencia vivida en Cabo Cañaveral que mis lanzamientos en un descampado, pero yo solo me gastaba unas pesetas y a él su Falcon Heavy (halcón pesado en inglés) le ha debido salir por un riñón. Eso sí, un riñón gracias al cual ha pasado ya a la historia, y no solo por construir el cohete más potente del mundo, sino por hacerlo al margen de gobierno alguno abriendo el campo de la astronáutica a la iniciativa privada.

Baste decir que antes del lanzamiento ya tenía cerrados varios contratos para poner en órbita satélites de comunicaciones incluso de uso militar. Porque su halcón no solo es el cohete más potente, sino también el primero recuperable y, en consecuencia, reutilizable, lo que constituye, por reducción de costes, una revolución en el negocio de la impulsión al espacio.

El visionario de Tesla fue consciente de que a su gesta había que añadirle algún ingrediente que rentabilizara el lanzamiento en términos de marketing. Y ahí es donde introdujo su descapotable rojo. Un coche eléctrico con un muñeco al volante. Ese vehículo, que ha situado en una órbita alrededor del sol y que lo guiará hasta el cinturón de asteroides más allá de Marte, es un guiño desde el cielo a los coches eléctricos con que Tesla pretende conquistar la Tierra.

Sobre su decidida apuesta por los motores que no consumen combustibles fósiles hay pronósticos radicalmente divergentes. Desde quienes piensan que los problemas financieros ahogarán su sueño hasta los que opinan que toda la industria acabará siguiendo sus pasos. Creo más en estos últimos. Las grandes ciudades ya no aguantan el aire que respiran. Volvo ha anunciado que, a partir del año próximo, solo lanzará al mercado vehículos eléctricos o híbridos, y todos los grandes de la automoción trabajan a contrarreloj en esta tecnología para no quedarse atrás.

Elon Musk, que acaba de robarle el título de ‘hombre cohete’ al gordito feliz de Corea del Norte, lleva ventaja tecnológica en el desarrollo de baterías (incluso para el hogar) y también en conducción autónoma. Imaginen un coche sin humos ni ruidos, que te lleva a donde le indiques sin tocar el volante. Hay un descapotable así camino de Marte. ¡Qué vieja se quedó mi pólvora!

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