Trump y la prensa: una guerra que gana el presidente

A comienzos de mes, Donald Trump acudió a Wilkes-Barre, una ciudad de pasado industrial en el Noreste de Pensilvania, en la última parada de sus mítines con la etiqueta «MAGA», la abreviatura de «Make America Great Again», «Hacer grande otra vez a EE.UU.», su gran lema de la campaña electoral. Su rutina dialéctica en estos actos siempre incluye ataque a la prensa, su enemigo favorito. Dijo que es «farsante», «asquerosa» y calificó a los periodistas -señalando sin pudor a los que cubrían el acto- de «gente horrible, horrorosa». El respetable respondió con abucheos y bronca a los plumillas.

La guerra contra los medios ha sido una constante en su ascenso al poder y en el año y medio que lleva en la Casa Blanca. Ha vetado a periodistas de medios críticos en algunas coberturas, ha limitado las ruedas de prensa de sus portavoces y, sobre todo, ha insultado a la prensa hasta la saciedad: desde la creación del exitoso término «Fake News», hasta poner en el disparadero a periódicos, televisiones y periodistas concretos.

En los últimos meses, sin embargo, el conflicto se ha agriado de forma alarmante. Trump ha llegado a calificar a la prensa, un bastión de la democracia estadounidense, de «enemigo del pueblo» y, en pleno arranque «orwelliano», ha pedido a sus seguidores que no crean «la basura que os muestra esa gente, los medios falsos. Lo que veis y lo que leéis no es lo que está sucediendo».

«Hay más odio que nunca»
La situación ha motivado un informe de Naciones Unidas que condena la actitud de Trump como un ataque a la libertad de prensa y la califica de «estrategia» para «deteriorar la confianza» de la ciudadanía en los medios. Jim Acosta, el reportero de actualidad política estrella de CNN, objeto de abucheos e insultos en los mítines de Trump, ha advertido de que los periodistas están en riesgo de sufrir actos de violencia. Otros, como la columnista de «The Washington Post» Kathleen Parker, han denunciado que «hay más odio que nunca» y que las amenazas de muerte son más frecuentes». Y «The Boston Globe», uno de los principales periódicos del país, ha promovido una iniciativa para que los diarios del país se coordinen y publiquen piezas de opinión contra los ataques de Trump a la libertad de prensa. .

Mientras los analistas, la oposición y algún republicano se tiran de los pelos con la escalada dialéctica contra los medios, Trump asiste al escándalo complacido. La prensa es un pilar de la democracia estadounidense, pero también un enemigo vulnerable en estos momentos. Trump lo sabe. Conoce los medios al dedillo. En un consumidor insaciable de televisión, ha hecho fortuna en este medio y está curtido en el manejo de los periódicos desde que fuera una presencia habitual de los tabloides neoyorquinos en los años 80 y 90 (en ocasiones, llamaba a los periodistas haciéndose pasar por un colaborador suyo para colocar exclusivas).

Su ascenso al poder ha coincidido con un desprestigio de los medios tradicionales, motivado por la creciente presencia de opinión frente a información, una mayor polarización política que ha tenido reflejo en los medios, el triunfo del sensacionalismo y de la noticia-espectáculo y la influencia de las redes sociales, que privilegian a las voces menos objetivas y sosegadas. A ello se une el sesgo político de los medios tradicionales, más progresistas que la base conservadora de la que se nutre Trump y a la que no molesta los ataques a la prensa.

Datos preocupantes
En 2000, el 45% de los votantes republicanos aseguraban que confiaban «bastante o mucho» en la prensa, según los datos de Gallup. Para 2008, ese porcentaje había caído hasta el 26%. Trump solo ha acelerado esa tendencia: a finales del año pasado, solo el 14% de los republicanos otorgaban una confianza de ese nivel en los medios.

Como en muchos otros asuntos polémicos, cuando Trump ataca a la prensa, está hablando a su público. El presidente de EE.UU. no oculta su animadversión con los periodistas liberales, pero esta guerra tiene mucho de un cálculo político que de momento le favorece.

Es revelador que los últimos puyazos fueran en Wilke-Barre, capital del condado del país donde hubo el mayor trasvase de votos de Barack Obama a Donald Trump en las elecciones de 2016. Su victoria en zonas de pasado industrial y en estados como Pensilvania que se suelen inclinar por el candidato demócrata fue clave para su conquista de la Casa Blanca.

El año pasado, ABC visitó esta localidad en el primer aniversario del triunfo electoral para comprobar cómo el voto a Trump se había consolidado. Los índices de aprobación todavía muestran que, pese a la multitud de escándalos en su presidencia, las bases de Trump le son leales. Y, en lo que se refiere a los medios, siguen a pie juntillas a su líder.

El 90% de los republicanos no ve con buenos ojos cómo los medios tratan al presidente, según una encuesta reciente de la Universidad Quinnipiac, y el 75% le cree más a él que a los periodistas. A la pregunta de si creen que los medios son “el enemigo del pueblo” o «una parte importante de la democracia», el 45% elige lo primero, y el 44% lo segundo. Y lo que es más sorprendente: en la democracia más consolidada del mundo, el 43% de los republicanos considera que «el presidente debería tener el poder para cerrar los medios que tengan mala conducta», según un estudio de Ipsos. Si alguien está ganando la batalla entre Trump y la prensa, es el presidente de EE.UU.

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