«Taxi driver», la obra maldita de dos hermanos traumatizados y obsesionados con las pistolas

Jóvenes torturados, perseguidos por fantasmas invisibles o cautivados por extrañas aficiones. El exitoso relevo de la remesa de directores con vocación de autor que en los ochenta cambió para siempre la concepción del cine en Hollywood no vino solo. La rentable sociedad que los realizadores mantuvieron con los guionistas estuvo ligada a la necesidad de comprensión mutua: hombres increíblemente talentosos pero atormentados, cuyas macabras historias y vidas personales sirvieron para inspirar a esa nueva generación de realizadores que buscaba imponer su sello en un mundo dominado por el sistema de estudios a base de personalidad y credibilidad. Y nada es más creíble que una historial basada en hechos reales.

La vida de los hermanos Schrader era digna de la más escabrosa ficción. Dedicados al séptimo arte, sus extrañas aficiones terminaron siéndolo, a su vez, para millares de espectadores. No fue mérito propio, a pesar del talento que ambos atesoraban para el celuloide, sobre todo para los guiones. Leonard, el mayor, fue el artífice del libreto de «El beso de la mujer araña», por el que rozó, finalmente sin éxito, la estatuilla dorada en 1982.

El menor de los hermanos, Paul, adaptó a la gran pantalla alguna de las historias que su hermano creaba. Lo hizo, por ejemplo, con el guión de «Yakuza» en 1974; tras las cámaras de este clásico del cine, Sydney Pollack. Sería esta colaboración la que le colocaría, a él y no a Leonard, en el epicentro del interés de la nueva generación de directores de Hollywood, esos cineastas que cambiarían, como ya hicieran sus predecesores, la forma de entender el séptimo arte, trasladando sus propias vivencias a las cintas que filmaban.

En 1976 escribiría el guión de «Fascinación» para Brian de Palma y, ese mismo año, comenzaría un productivo binomio con Martin Scorsese, en el que concebirían algunas de las joyas cinematográficas del siglo XX. Marty dirigió los guiones del menor de los Schrader en «Taxi driver» y «Toro salvaje», ambas protagonizadas por Robert de Niro, y también en «La última tentación de Cristo». Pero su fructífera relación terminaría, junto a su amistad, a finales de la década de los noventa tras colaborar en «Al límite».

Marcados por las armas y el suicidio
Paul y Leonard, los hermanos malditos del séptimo arte, crecieron bajo el influjo de la estricta fe calvinista a la que los sometía su padre. Una educación que marcaría la obra de ambos y cuya tortuosa influencia describe Peter Biskind en el capítulo diez («Ciudadano Caín») de su libro «Moteros tranquilos, toros salvajes». Recoge para ello el testimonio de John Millius, guionista de «Apocalipsis Now» y también coetáneo de los Schrader, que cuenta a través de varias anécdotas la extraña y morbosa afición que los hermanos Schrader profesaban por las armas.

El origen de esta siniestra conducta provenía de ese asfixiante y férreo adoctrinamiento paterno, incrementado por la extraña colección de suicidios convertidos ya en una tradición familiar. Dos de sus primos por parte de padre acabaron con sus respectivas vidas de una forma macabra y frívola: ambos decidieron ajustarse a un patrón de fechas, de modo que el segundo de los primos se quitó la vida en el aniversario de la muerte del suicidio del primero.

Milius, también director de la serie de la HBO «Roma», cuenta sobre Paul Schrader, guionista de «Taxi Driver» o «Toro Salvaje», que estando ambos en una armería el dependiente le tendió a Schrader una pistola del calibre 38. «Paul vio a una chica junto a las raquetas de tenis apuntó el cañón a su cabeza y la siguió por toda la tienda apretando el gatillo unas cuantas veces». Una escena que fue reproducida por un Scorsese ojo avizor, a la caza de la mejor historia que llevar a la pantalla. «Si alguna vez hubo un psicópata la que no había que venderle nunca un revólver, ese era Paul», dice Milius. «Le conté esa historia a Scorsese y la puso en «Taxi Driver». El resto ya es historia: la escena de Robert de Niro en el papel del trastornado taxista Travis Bickle ha pasado a los anales del séptimo arte, y la obra del genio italoamericano sigue arrastrando el sello de «maldita», después de que John Hinckley, Jr., que también acosó a Jodie Foster, intentase asesinar al presidente Ronald Reagan inspirado en la película, que vio quince veces antes del suceso.

Pero el hermano de Paul, Leonard, guionista de «El beso de la mujer araña», tampoco estaba exento de la maldición familiar. «Descubrí que si me metía el cañón en la boca, como si fuera un chupete, me quedaba dormido. Funcionó dos o tres semanas, hasta que de repente ya no me sirvió. Porque había estado chupando un arma descargada. Yo sabía que si cargaba la muy puta, esa noche iba a dormir», reflexiona el propio Schrader en el libro de Biskind, una frase que refleja el estado de perturbación en el que se hallaba el guionista.

En la película «El cazador» (The Deer Hunter), el personaje interpretado por John Cazale siente fascinación por un revólver, que le acompaña a todas partes. Según recoge Biskind, Paul Schrader hacía lo mismo. De hecho, hasta dormía con la pistola sobre la mesilla de noche. Y la necesidad del mayor de los hermanos de dormir con un pistola cargada recuerda a las escenas de la ruleta rusa del filme de Cimino. No al tortuoso juego con el que los vietnamitas conminan a Michael (De Niro) y Nick (Christopher Walken), sino al momento en el que este último se desvía del camino que toma el primero y, en vez de volver a casa, se adentra en lo morboso del juego, desafiando a la muerte. Si bien es cierto que Leonard Schrader no apretaba el gatillo, esa necesidad de saber que el arma estaba cargada para dormir, esa locura solo frenada al sentir la amenaza como real, es muy similar en la ficción y en la realidad de Schrader.

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