Sánchez será el presidente más débil tras pactar con el independentismo

El rictus de vértigo visible en las caras de buena parte de la bancada socialista cuando la presidenta del Congreso, Ana Pastor, levantó ayer la sesión tras casi diez horas de debate no era el que parecía corresponder al partido cuyo líder va a convertirse en la votación de hoy en el nuevo jefe del Gobierno.

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, pondrá hoy su muesca en la historia al lograr el apoyo de la mayoría absoluta de la Cámara en la cuarta moción de censura de la democracia. Es el primer político que consigue derrocar por esta vía al presidente del Gobierno en ejercicio tras los intentos fallidos de Felipe González en 1980, Antonio Hernández Mancha en 1987 y Pablo Iglesias en 2017. Pero lo logra a manos del PNV, Podemos y los partidos independentistas -ERC, PDECat y Bildu-, con los que queda endeudado en medio de la crisis constitucional y territorial más grave de la historia reciente. Sánchez conformará en este marco el gobierno más débil de la democracia, apoyado solo por 84 diputados.

Con los Presupuestos del PP
Tal será su fragilidad que asumirá y ejecutará los Presupuestos del PP contra los que votó la semana pasada. Fue el único punto del programa político que Sánchez dejó claro durante su exposición. Todo lo demás fueron ambigüedades para enmascarar lo que reconoce el PSOE a puerta cerrada. Su máxima aspiración es alcanzar «consensos básicos» durante los próximos dos años . «No podía decir otra cosa. No hay nada claro», justificaba uno de sus colaboradores. El mareo era evidente incluso entre sus socios nacionalistas. «Desde mañana va a ser todo un lío», reconocía un dirigente independentista.

El PNV fue el que rompió finalmente la baraja. Su voto a favor, aunque sin ganas, será el que entregue hoy a Sánchez la llave de La Moncloa. El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, no dudó en utilizarlo. «Tenía razón en que había aprovechateguis, pero no eran de Ciudadanos», golpeó a Rajoy, aunque su escaño estaba solo ocupado por el bolso de la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría.

La ausencia del presidente durante todo el debate vespertino dio alas a los rumores que apuntaban su renuncia inminentes. «Esta moción puede acabar aquí y ahora, si presenta su dimisión», le había dicho el candidato socialista varias veces por la mañana. Pero el cese de Rajoy no hubiera impedido ya la llegada de Sánchez a La Moncloa: solo la hubiera retrasado unos días. La sentencia por el caso Gürtel ha conformado una mayoría parlamentaria cuyo único pegamento es expulsar al PP del Gobierno. Un vuelco crucial que Rajoy no fue capaz de apreciar la semana pasada, cuando aún tenía facultades para convocar elecciones generales. Su estrategia de resistir, que tantos éxitos políticos le ha proporcionado en el pasado, será la que rubrique hoy el final de su presidencia.

El nuevo gobierno que nace lo hace rodeado de más sobrecogimiento que ilusión, y más incógnitas que respuestas. El mayor interrogante es cuál es el precio que pagará Sánchez a los independentistas por convertirse en presidente del Gobierno. Un coste que no quiso desvelar durante el debate, por más que se lo preguntó Rajoy. Ni lo reveló ni él, ni el diputado que defendió con tino la moción, el secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos. Sánchez intentó minimizar la gran incertidumbre que provocan sus compañeros de viaje reivindicando la vigencia de la Constitución, pero evitó marcar cualquier línea roja sobre su pacto con los independentistas. «Partimos de posiciones muy distantes», advirtió simplemente al portavoz de ERC, Joan Tardà. No habló de plurinacionalidad pero sí de territorios que puedan sentirse naciones.

Como eje de su política territorial aludió una y otra vez al compromiso de recuperar el diálogo con el nuevo presidente de la Generalitat. «Hay que bajar el pistón en la dialéctica de la confrontación territorial», emplazó al portavoz del PDECat, Carles Campuzano. E intentando apuntalar su mensaje tranquilizador insistió en que gobernará solo y sin coaliciones. Rajoy le recordó sus apuros para gobernar con 50 escaños más (134 diputados) y le replicó. «¿Cómo piensa hacerlo?». Sánchez solo le contestó: «usted gobierna con siete partidos».

Ésa es otra de las preguntas sin contestar que deja el debate parlamentario: cómo piensa Sánchez dirigir el país con un apoyo parlamentario tan pírrico. Y qué consecuencias va a tener eso para España. En un discurso que a ratos sonaba a despedida, el aún presidente del Gobierno advertía una y otra vez sobre las consecuencias de una moción de censura que consideró «un frenazo brusco» impulsado de manera «atropellada». Incluyó referencias a la subida de la prima de riesgo, la caída de la Bolsa española y el estado de prequiebra en el que el anterior gobierno socialista dejó el país.

Rajoy, sin opciones
Sánchez respondió culpando de las últimas turbulencias de los mercados a la crisis política italiana, anteponiendo la salud de la democracia a cualquier consideración macroecónomica o territorial. «Estamos dirimiendo qué es lo que esta Cámara está dispuesta a tolerar» dijo, interpelando a todos los diputados para «demostrar que esta Cámara no es autista de la realidad y esto es una democracia fuerte».

Pese a la suma de una mayoría absoluta a favor de Sánchez, el debate sirvió para volver a poner de manifiesto la fortaleza de Rajoy en la oratoria parlamentaria. Una cualidad que le permitió dejar en evidencia no solo la fragilidad de la palabra del candidato por su pacto con independestitas y Podemos, sino su incapacidad para ganar elecciones generales. Rajoy intentó noquear el argumento de la corrupción acusando a Ábalos y a Sánchez de mentir y deformar la sentencia, recordando que se refiere a hechos acontecidos en dos ayuntamientos. «Necesita inventar un dragón para convertirse en San Jorge», resumió. El líder del PSOE, cayendo en una pura contradicción, acabó asegurando que el PP no es un partido corrupto sino que solo tiene «casos» de corrupción.

Pero todos los esfuerzos de Rajoy fueron estériles. Según avanzaba el debate, se fue imponiendo la sensación de que la suerte estaba echada y el PNV ya había decidido dar su apoyo a Sánchez. Y a primera hora de la tarde, era Rajoy el que empezaba a perder aliados. El portavoz de UPN, Iñigo Alli, socio electoral del PP, reclamaba la convocatoria de elecciones y la portavoz de CC, Ana Oramas, cambiaba su voto en contra por una abstención. Rajoy no tuvo en ningún momento posibilidad de restar apoyos al líder socialista. Como dijo el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, «algunos venían con la opinión formada».

El propio presidente lo vino a reconocer por la mañana. «Aquí de lo que se trata es de que Sánchez llegue y sin pasar por las urnas. Llevo muchos años aquí. Sé cómo van las votaciones. Pero que en la mente de cada uno quede con claridad, y sean conscientes de lo que van a hacer», advirtió. Un aviso que sonó tan histórico como el fin de su propio gobierno.

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