Redondo presidente

Lástima que sea una eutrapelia para salir del paso, una ocurrencia improvisada. Porque si vamos a italianizar la política valdría la pena al menos copiar el mejor ejemplo de Italia: esa tradición de rescatar en el fondo de armario a personalidades retiradas, figuras de respeto cuya autoridad moral esté a salvo de toda suspicacia. Nicolás Redondo Terreros sería el hombre apropiado para serenar esta atmósfera insensata; moderado, juicioso, intachable y, sobre todo, con una trayectoria de combate contra el nacionalismo y una idea sólida y cabal de España. Tan idóneo que no habría que elegirlo para una solución transitoria o momentánea, sino para que se quedase un tiempo a templar gaitas. Tiene la vida resuelta, las manos limpias y la cabeza mejor amueblada que cualquiera de los que aspiran a echar a Rajoy a patadas. Aunque, eso sí, habría que llevarlo a La Moncloa con la Guardia Civil y poner vigilancia para impedir que se escapara. En esta hora de locos, la gente cuerda se siente a gusto en casa y no está dispuesta a comprometer su prestigio ni para servir a la patria.

Fuera de bromas, antes que Pedro Sánchez siempre sería mejor un Redondo, un Jáuregui o un Solana. Aunque acaso sin saberlo Rivera haya propuesto algo muy parecido a la «solución Armada», la que González y Múgica urdieron para desalojar a Suárez antes de que Tejero se liase a tiros contra el techo de la democracia. Sólo que ahora sería Rajoy la pieza acosada. Pero hemos llegado a un momento de tal delirio que a nadie parece importarle volver a aquellas andanzas y forzar las costuras de la Constitución con lucubraciones descabelladas. Para bien y para mal esto no es Italia, pero podrá serlo, o algo peor, si no es posible recobrar un poco de responsabilidad en medio de esta hipérbole dramática. Las grandes crisis se sabe cómo empiezan -a menudo a partir de nimiedades- pero no cómo acaban. Y ésta se está saliendo de cauce por una mezcla insana de oportunismo, tozudez, precipitación y arrogancia.

Ya puestos, lo que tendrían que preguntarse los cerebros de esta política insustancial y caprichosa es la razón de que no quepan en ella personas como Redondo Terreros. Por qué la escena pública ha quedado deshabitada de compromiso, de generosidad o de talento. Por qué las nomenclaturas de partido expulsan o refractan a cualquier individuo que demuestre independencia de criterio y por qué dan cabida a tanto arribista demagogo y aventurero. Por qué, en caso de emergencia -suponiendo que ésta lo sea-, piensan en ir a buscar fuera lo que deberían encontrar dentro.

Porque con este Gobierno o con otro, seguiremos en manos mediocres. Es lo que hay. Como dijo una vez el entrenador Toshack, después de cada derrota sentía ganas de cambiar a todos sus jugadores y al final, al cabo de la semana, terminaba encogiéndose de hombros y alineando el domingo «a los mismos once cabrones».

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