«No, nunca existirá el traje del hombre invisible»

Sir John Pendry (Manchester, Reino Unido, 1943) es un físico teórico cuyo nombre suena habitualmente para el premio Nobel. En 2006, publicó en la revista «Science» un experimento que dio la vuelta al mundo, al conseguir que un pequeño cilindro de cobre desapareciera por completo a las microondas. Había ideado la primera capa de invisibilidad. Otra de sus propuestas fue igualmente revolucionaria: la construcción de la lente perfecta, que permitiría ver un virus con el ojo desnudo o cosas aún más pequeñas que la propia luz. Pendry es miembro del Imperial College de Londres, el mismo lugar donde, cosas del destino, estudió ciencia hace más de cien años H.G. Wells, el autor de la inquietante novela «El hombre invisible». El investigador ha visitado Madrid para dar una conferencia invitado por la Escuela Nicolás Cabrera y la Fundación BBVA.

-¿Cómo fue ese primer escudo de invisibilidad?

-Me gusta hacer la analogía con una roca en un río. El agua que fluye le pasa por ambos lados, para juntarse de nuevo después y seguir su camino como si tal cosa. Si el observador se coloca un poco más lejos, no percibirá que allí había una piedra. Pues nosotros queríamos que la luz fluyera como el agua.

-Y lo consiguieron.

-Sí. Utilizando metamateriales, ocultamos un objeto a los radares, porque era más sencillo que hacerlo con luz visible y además imaginábamos sus aplicaciones en el campo militar. En broma dijimos: si somos capaces de hacer invisible un objeto podremos hacer cualquier cosa.

-¿Se ha avanzado mucho desde entonces?

-Sí, por supuesto. En Birmingham (Reino Unido) Swuang Zhang puede ocultar objetos con luz visible. Pero la mayor parte de los progresos se han llevado a cabo con ondas de radar, para que no puedan detectar presencias.

-¿La fantasía del hombre invisible será realidad algún día?

-No, yo creo que solo es el sueño de Wells. Lo que muchos quisieran es ponerse un traje y desaparecer, pero los tejidos son flexibles. Cada vez que cambias de posición, los alteras. Y la electrónica tendría que ajustarse a la nueva forma del tejido cuando se pliega. No creo que eso pueda ser posible.

-Wells, Harry Potter… Las capas de invisibilidad forman parte de la cultura popular. ¿Por qué cree que es así?

-Por la forma en la que comprendemos el mundo. Nuestro cerebro capta la mayor parte de la información a partir de lo que refleja la luz y asume que esta va en línea recta; no fluye como el agua. Cuando la luz no se mueve como esperamos, nos sentimos totalmente sorprendidos, extrañados. También creo que lo que intentamos hacer es fácil de explicar incluso a un niño, aunque sea difícil hacerlo.

-¿Qué le gustaría hacer desaparecer? Como científico o como ser humano…

-¡A los administradores! ¡O quizás ser yo invisible para ellos! (ríe) La verdad es que hoy en día ya no sueño con la invisibilidad. La razón importante del trabajo son otras cosas que se pueden hacer con los metamateriales.

-¿Por ejemplo?

-La misma tecnología que usamos para la capa de invisibilidad puede permitir que las comunicaciones vía satélite sean más baratas. Una empresa de Seattle (Washington) ha llegado a un acuerdo con Toyota para colocar un sistema en el techo de los coches con ese objetivo. La compañía tiene mil millones de dólares de capital hoy en día.

-Un uso completamente distinto.

-Cuando se inventó el láser la gente no sabía qué iba a hacer con él. Era una solución sin problema. La primera opción fue hacer algo que ya podemos hacer, pero de manera más barata o más rápida, como la forma de pagar en un supermercado. De igual forma, los metamateriales pueden sustituir a productos que ya existen, pero hacerlos mejores, más baratos y rápidos.

-¿Y el objetivo militar?

-Ese es un mercado finito. El tema es controlar la luz, la radiaciones electromagnéticas, en la nanoescala, a nivel de micrones, la milésima parte de un milímetro. Así es como puedes ver, por ejemplo, dentro de una célula humana o los detalles en profundidad de tu teléfono móvil.

-Su idea de la lente perfecta, con una resolución sin límites.

-Sí, fabricada con metamateriales, cuyas propiedades no solo las marca la química, sino también su estructura. Por ejemplo, si tomas plata y la pules muy bien, queda muy brillante y refleja la luz. Si la quemas y haces nanopartículas muy pequeñas, resulta que cambia de estructura y se convierte en una de las cosas más negras conocidas: nanoplata, el ingrediente de la placa fotográfica. Es una idea muy poderosa: crear materiales que nunca antes habían existido utilizando su estructura.

-¿Por qué se dice que esas lentes desafían las leyes de la física?

-El ruso Victor Veselago propuso (en los años 60) una lente con un tipo especial de materiales, cuya superficie era plana, algo muy extraño, pero no se dio cuenta de que era mejor que la lente curva ordinaria. Esa fue mi contribución: la analicé según las leyes de la física y probé que si se elige bien el material, podría ser una lente perfecta. El límite está en cuán bien se fabrica.

-¿Qué permitirán ver?

-Cosas más pequeñas que con un microscopio convencional, más pequeñas que la propia luz con la que son iluminadas. Científicos de Berkley y San Diego tienen una asignación de la Fundación Betty and Gordon Moore (el millonario inventor del chip de los ordenadores) para construir un nuevo microscopio a ese nivel.

-¿Cómo lo lograrán?

-El reto es enfocar la luz en un punto muy pequeño, lo que podemos hacer mil veces mejor que con una lente de vidrio. Si puedes comprimir la luz y la llevas a un nanómetro cuadrado, necesitas la millonésima parte de la potencia requerida.

-En su día, la propuesta fue muy polémica.

-Sí, sí. Fue un estrés terrible. Tuve esa idea un domingo por la mañana, llovía y me puse a trabajar. Hablé con mi mujer y le dije: «Voy a alcanzar la fama o la infamia». ¡Y creo que fueron las dos cosas! (ríe) Lo cierto es que fue una revolución en su momento. Hubo mucho debate fuerte y de peso. Ahora estoy tranquilo. ¡Uff, al final tenía razón!

Pendry, en un momento de la entrevista – J.R. Ladra
El compañero de Stephen Hawking
A Pendry le gusta decir, con una sonrisa en su cara, que cuando estudiaba en Cambridge decidió no dedicarse a la cosmología porque sería imposible hacerle sombra a su compañero de clase Stephen Hawking. «La verdad es que era muy competitivo», señala sobre el famoso astrofísico. No tomó una mala decisión. Nombrado Sir por sus servicios a la ciencia, ha recibido también los premios más prestigiosos, como la medalla Isaac Newton, el máximo reconocimiento otorgado por el Instituto de Física británico (IOP). Desde hace años, su nombre suena en las quinielas del Nobel, galardón que Hawking nunca llegó a recibir.

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