Náufraga UE

El desastre migratorio está en los fundamentos mismos de la UE. Desde el principio. Cuando Bruselas cedió el control fronterizo a cada uno de los países que componían la Unión. Era la constatación, entonces, de un inacabamiento. De una indefinición también. ¿Qué era y, sobre todo, qué aspiraba a ser la Unión Europea? ¿Un acuerdo estable entre gobiernos locales o la apertura del proyecto constituyente de una nación única?

La retórica que llevó a elaborar aquel bodrio al cual se dio nombre de Constitución Europea parecía apuntarse a lo segundo; aunque su incompatibilidad con todos los criterios básicos del constitucionalismo moderno fuera insultante. Fue rechazada, en un reflejo de autodefensa ciudadana. Lo malo no fue eso: librarse de una Constitución que no lo era, fue medida salutífera. Lo malo vino después, cuando al vacío no lo suplió nada.

La impotencia para solventar ese obstáculo fortaleció la primera hipótesis. La UE funciona, de hecho, sobre esa coordinadora de los gobiernos nacionales que es la Comisión Europea: lo más parecido a una administración pactada. Con el aplique ornamental de un Parlamento que no cumple la función que tal término designa: ejercer el monopolio legislativo. ¿Tiene virtudes ese llamado Parlamento Europeo? Sí: garantiza una muchedumbre de sueldos suculentos y de aún más suculentas jubilaciones. Tal como andan las cosas, no es poco.

Pero la idea de una nación europea ha sido abandonada. Aunque no se diga. Cada vez que el escalofrío nos recorre ante los cientos, los miles de desdichados a los cuales las mafias del norte de África lanzan a la alternativa entre morir en el Mediterráneo o llegar al precio que sea a la costa europea, la constancia de ese abandono se hace hiriente.

La UE ha suprimido las antiguas fronteras entre sus países miembros: a efectos de circulación de hombres y de mercancías, es un espacio único. Pero no es una nación única. De hecho, no sabe hoy qué es ni qué nombre darse. Y ahí empiezan los problemas. Suprimir fronteras interiores exige fijarlas exteriores: definir el perímetro del territorio exento de control y blindar ese perímetro como inviolable. No es nada nuevo. Así se constituyeron las naciones modernas: mediante la supresión de las barreras aduaneras y fiscales que atomizaban los Estados anteriores a la toma del poder por la burguesía: una economía moderna no podía sobrevivir a las barreras interiores ni a la multiplicación de criterios fiscales. El capitalismo impuso, desde su nacimiento, la identificación nacional de las fronteras. Y, con ella la unidad del mercado nacional. Sin la consumación de esa tarea, la UE se quedará para siempre en lo que es ahora: una coordinadora de gobiernos más un opulento balneario estrasburgués para políticos jubilados.

El ping-pong al cual se somete hoy -con una crueldad que el sentimentalismo sólo acentúa- a los trágicos náufragos del Mediterráneo no es fruto de buenas o malas voluntades. Lo es de una indefinición jurídica. Frontex -la ficción de una policía europea de fronteras- apenas cuenta hoy con 400 funcionarios: nada. Porque es nada. Porque nada es la legalidad existente en esa materia. Y de tal nada viene el mal. Porque no hay vacío nunca en el poder: el espacio que no monopolizan las leyes, lo colonizan necesariamente las mafias. Para las cuales no hay cadáveres, sólo dinero.

En política no hay que fiarse a buenas o malas voluntades. Sólo a leyes. Tal es la clave del Estado garantista. Que no es una entidad moral. Sino jurídica.

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