La Mona Lisa, la mujer con peor salud de la Historia del Arte

Quizá la belleza de La Gioconda no solo sea misteriosa, sino también patológica. Al menos, eso es lo que concluye la última investigación de Mandeep R. Mehra, profesor de la Escuela de Medicina de Harvard, que achaca los enigmáticos rasgos de la retratada a un problema de tiroides. «El enigma de la Mona Lisa puede resolverse mediante un simple diagnóstico de una enfermedad relacionada con el hipotiroidismo. En muchos sentidos, es el atractivo de las imperfecciones de la enfermedad lo que le da a esta obra maestra su misteriosa realidad y encanto», escribe el doctor en una carta al editor publicada en la revista «Mayo Clinic Proceedings».

Para Mehra, la hinchazón del cuello (señal de un posible bocio) es un claro síntoma de este trastorno, que se caracteriza por la disminución de la actividad orgánica global. También afirma que el característico color amarillo de la pintura podría no ser solo la pátina del tiempo, sino también un reflejo (en sepia) de su tiroides. «Más de un tercio de las pinturas y esculturas de la época representaban a individuos con esos problemas (…) Hay muy pocas posibilidades de que ella no estuviera enferma», señala el investigador en declaraciones a ABC.

Esta sería la causa más probable de su aspecto, sobre todo si aceptamos que detrás del cuadro se esconde la identidad de Lisa Gherardini, que vivió hasta los 63 años. El autor argumenta que, si hubiera sufrido, como propusieron en 2004 varios reumatólogos y endocrinólogos, un trastorno lipídico y una enfermedad cardíaca, no hubiera fallecido a una edad tan avanzada, pues los tratamientos de la época eran muy limitados para estos trastornos.

El hipotiroidismo se trata de la enésima supuesta enfermedad de la retratada, a la que a lo largo de los años, aquellos incapaces de otorgar al sfumato de Da Vinci todo el mérito de su enigmático aspecto le han colgado las dolencias más variadas. En 1989, K. K. Adour vio en su mueca una contractura muscular, causada por una parálisis de Bell solo parcialmente recuperada. Fue el mismo experto que sugirió que una sicinesia secundaria, causante de constantes movimientos faciales involuntarios, había obligado a Leonardo a dejar sus rasgos sin definir: una técnica que, por otra parte, se repite en la mayoría de retratos del genio renacentista.

Treinta años antes de esta rocambolesca teoría, el especialista K. D. Keele coligió que nuestra protagonista estaba embarazada, pues tenía, a su parecer, todas las marcas que generan los cambios hormonales durante la gestación. Ahora, en cambio, Mehra sostiene que esta ya había dado a luz cuando comenzó a posar, pues en algunos casos la tiroides se inflama en el año posterior al parto, reforzando así su nueva conjetura.

Más allá de la tiroides
Pero los doctos han ido mucho más allá. Alzando la vista, han llegado a adivinar un lipoma (tumor benigno de tejido graso) en su ojo derecho, y un xantelasma (levantamiento graso) en el izquierdo. Y fijándose en su cabello, y en su ausencia de cejas y pestañas, decidieron que sufría una alopecia universal (ocultada, claro, con una peluca) debido a un gran estrés emocional. Pero no se detuvieron en la parte superior. En ese gesto de sujetarse la mano izquierda con la derecha –en la que tendría un lipoma de tres centímetros–, «descubrieron» un intento de la Mona Lisa por controlar un temblor de tipo parkinsoniano. Sin embargo, la pose era propia del protocolo de la época, según dictamina el «Decor puellarum», un tratado de moral femenina publicado en Venecia en 1471.

«Aunque en la historia del retrato existen múltiples obras que han atraído el interés del médico aficionado a la pintura, ninguna es comparable con la enigmática e irresistible Gioconda», sentenciaba en 2006 el doctor Martínez García en un artículo en el que enumeraba las grandes especulaciones médicas sobre la mujer. Por su parte, Mehra sostiene que esta fascinación tiene que ver con la verosimilitud y el mimo científico del Leonardo, que han estimulado los diferentes diagnósticos de la «paciente».

La mayoría de ellos han intentado explicar el extraño paréntesis de esta sonrisa. Unos lo achacaban a que no tenía dentadura, otros a que sus dientes estaban ennegrecidos por un supuesto tratamiento mercurial contra la sífilis. No fueron las ideas más rebuscadas. Basándose en el relato de Giorgio Vasari, uno de los primeros historiadores del arte, que contaba que Leonardo contrataba a músicos y bufones para entretener a la dama, el neurólogo Luis Lay-Son dedujo que ésta tenía una gran dificultad para mantener la concentración, lo que unido al desplazamiento asimétrico de sus labios en el lado izquierdo, sería un reflejo del síndrome de Gilles de la Tourette.

Las tentativas de resolver el misterio derivaron también en respuestas como la disnea o la sordera. Incluso en cierto estado depresivo. Con todo, el profesor Royo Villanova cree que lo que le pasa es que está achispada, y que se muestra irónica después de conocer tan dispares y disparatadas opiniones sobre su salud.

A los numerosos adjetivos que los historiadores y los artistas han colocado a la sonrisa de la Mona Lisa, los galenos le han sumado los de «gravídica, desdentada, sifilítica, bruxista, etílica, distónica, oligofrénica y paralítica», tal y como resume Martínez García. La lista de achaques no se detiene ahí y continúa en un reguero de tecnicismos que se estira tanto como la imaginación de los médicos, y que convierte al hipotiroidismo en el último de los males de la Gioconda, que a pesar de todo sigue sonriendo.

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