La lira turca y Tesla centran la atención del mercado

Tesla, bastaron 9 palabras

La semana pasada, Elon Musk anunciaba su intención de sacar de cotización a la compañía de coches eléctricos con un tuit de nueve palabras. La controversia habitual que suele rodear muchas de las declaraciones de este brillante pero polémico personaje, se disparó.

La razón fundamental que hay detrás de una operación de estas características es sacar la compañía del escrutinio del día a día de los mercados. Ocho años después de que la compañía empezará a cotizar, Musk ha comprendido que la volatilidad del precio de la acción, la presión del corto plazo y los ataques de los vendedores en corto suponen una importante distracción de lo que realmente importa, la gestión de la compañía. Una compañía, además, que todavía hoy es más proyecto que realidad, con un líder visionario dentro de un sector en el que se está produciendo una revolución, puede que no sea la situación ideal para estar cotizando en bolsa. Ahora bien, más allá de la volatilidad del precio de la acción, el mercado no ha tratado mal al señor Musk. La valoración de la compañía ha sido generosa. Y las continuas polémicas han sido un magnífico escaparate para su mercancía.

Si saca adelante la operación, lo que no es tan obvio si atendemos a la valoración actual de la compañía, lo más probable es que el nuevo o nuevos accionistas de la empresa tengan una vocación de más largo plazo y entiendan que los tiempos de maduración de un proyecto de estas características son muy diferentes. Sin embargo, no por ello van a dejar de ser exigentes. Y más allá de la confianza que tengan en el fundador de la compañía –que seguro que la tienen y mucha–, los nuevos inversores en su calidad de propietarios de la compañía van a exigir rentabilidad a su inversión. Y si en algún momento consideran que el señor Musk no es el mejor para dirigir el proyecto, no tendrán ningún problema en relevarlo. Son muchos los ejemplos en la historia. El más reciente fue Uber. Y es que, en algunas ocasiones, hay que tener cuidado con lo que se desea.

Turquía y lo que Erdogan sabe

Agosto es un mes que se asocia con lío en los mercados. Si hiciéramos un análisis más en detalle, probablemente no sea muy distinto a otros meses del año en cuanto al número de eventos. Sin embargo, como el mundo está de vacaciones, cada uno de esos eventos tiene un eco mucho mayor. Y este año la protagonista parece que va a ser Turquía. Yo preferiría hablar de alguno de los otros culebrones del verano -por ejemplo, el del portero del Real Madrid y cómo de bien o mal se lo han tomado los atléticos- pero me toca lo que me toca.

Como no podía ser de otra manera, el último episodio de la crisis lo ha desatado unas declaraciones del presidente americano en las que amenazaba con la imposición de aranceles a Turquía. Sin embargo, esta crisis viene de largo. En el último año la lira turca se ha devaluado más de un 30%, a medida que la economía otomana ha dado señales de sobrecalentamiento sin que las autoridades turcas hayan sido capaces de embridar la situación.

Más allá de los llamativos titulares que los protagonistas de este último episodio propician -porque hay que recordar que presidente turco tampoco está ayudando mucho para reconducir la situación- y a pesar de su repercusión en los medios de comunicación, resulta exagerado afirmar que la situación actual degenere en una crisis de deuda de los países emergentes. En primer lugar, porque los desequilibrios de la economía turca no son comparables al resto de emergentes, con la excepción de Argentina -que ya está con un programa del FMI- y Rusia, por lo que se trata de una crisis encapsulada. Por otra parte, no es la primera vez que un país emergente vive una situación similar y los pasos a dar para evitar el peor de los desenlaces son de sobra conocidos. Se pueden dar solos o acompañado por un programa del Fondo Monetario Internacional. Y esto lo saben los turcos, por mucho que ahora estén instalados en la retórica belicista con la que su presidente se ha enfrentado a las declaraciones de Trump. Erdogan sabe que su popularidad depende directamente de la situación económica del país. Y sabe que no gana nada buscando atajos populistas. Lo veremos en los próximos días.

Diez años de Lehman: se pasó página

El próximo mes de septiembre se cumplen diez años de la caída de Lehman Brothers, una quiebra que además supuso el arranque de la mayor crisis financiera de la historia. En las próximas semanas seguro que asistimos a un aluvión de informaciones y análisis como consecuencia de esta efeméride, pero creo que quizá lo más importante sea que hoy podemos decir que la hemos superado y en algunos casos con nota. A diferencia de la otra gran crisis financiera de la historia -la de los años treinta del siglo pasado-, las consecuencias han sido incomparablemente menores. Desde un punto de vista económico, político y social estamos mucho mejor que los estuvo el mundo diez años después de la crisis del 29. Y eso es innegable. No quiere decir que no haya problemas, pero sin duda estos son de otra magnitud gracias a la forma de encarar la crisis y el importante papel de los bancos centrales.

Por lo tanto, es de justicia reconocer el acierto de los presidentes de estas instituciones, en concreto el de dos: Ben Bernanke y Mario Draghi. El americano, por ser quien diseñó el modelo de rescate que después replicaron el resto; el italiano, por haber sido capaz de torcer el brazo a los alemanes y que en Europa se aplicaran estas recetas heterodoxas.

Hay pocas dudas a pesar de lo que puedan cacarear algunos liberales de salón de que cualquier otra solución hubiera sido peor en términos de coste social y económico. Y por ahora los miedos a las eventuales consecuencias de la normalización de esas políticas eran desproporcionados. Así las cosas, lo primero que tenemos que hacer en este décimo aniversario es felicitarnos por haber pasado página y reconocer los méritos a quienes han sido los principales protagonistas.

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