Juan XXIII: un párroco para el mundo

La temprana vocación sacerdotal del pequeño Angelo Guiseppe Roncalli comenzó a cuajar en el Seminario de Bérgamo, cuando tenía solo once años. La basílica de San Pedro acogió su primera misa solemne, el 11 de agosto de 1904. Allí mismo celebraría como Sumo Pontífice la entonces llamada misa de coronación, el 4 de noviembre de 1958. Entre una y otra fecha, Roncalli vivió su ministerio primero como secretario de su obispo, monseñor Tedeschi, quien fue para él su padre espiritual. Él le enseñó prudencia y templanza en las cuestiones del gobierno de la Iglesia y su influencia se extendería durante toda su vida. La muerte de Tedeschi y el comienzo de la I Guerra Mundial le convirtieron en capellán del hospital militar de Bérgamo, donde vivió de cerca el sufrimiento humano.

La portada de su elección, el 28 de octubre de 1958 – ABC

Al acabar la Gran Guerra comenzó su carrera diplomática que le llevaría, en primer lugar, a Bulgaria, tras ser nombrado arzobispo por Pío XI. Su sencillez y amabilidad le permitieron desplegar una importante actividad diplomática y ecuménica, durante casi diez años. La II Guerra Mundial le obligó a estirar su diplomacia hasta proteger a miles de judíos que huían de la persecución nazi. En 1953, el Papa Pío XII le hace cardenal y le elige patriarca de Venecia. Allí adoptó un estilo parroquial que como diplomático no le resultaba permitido. Conoció y trató personalmente a gondoleros y menesterosos de la ciudad de los canales y se dejaba ver con amabilidad y humildad entre la gente más sencilla de su tiempo.

No obstante, su gran servicio a la Iglesia estaba por llegar. En 1958, con 77 años, fue elegido Papa. Era un Papa de transición para poder preparar un papado con más tiempo y con más carisma. Sin embargo, fue la persona elegida por Dios para entregar a la Iglesia un gran regalo, el concilio Vaticano II. Lo convocó de manera sorprendente, “con un poco de temblor por la emoción, pero al mismo tiempo con una humilde resolución en nuestra determinación”, al acabar la Semana de Unidad de los cristianos, en la basílica de San Pablo Extramuros, el 25 de enero de 1959. Llevaba en la Sede de Pedro menos de tres meses. Su decisión de convocar el concilio inició un camino que supondría la mayor transformación y renovación de la Iglesia, desde el concilio de Trento.

Nunca alcanzó su objetivo de ser párroco de pueblo, pero se convirtió por su forma de acercarse a todos, de tratar con buen humor y sensibilidad hasta los problemas más acuciantes, en el párroco del mundo.

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