Grandes fastos

Con solo 40 años, Emmanuel Macron es uno de los grandes pavos reales de la política mundial. Si el ego fuese colesterol, estaría al borde del infarto. Cuando en mayo del año pasado ganó las elecciones, ofreció su discurso de la victoria en un espacio cargado de simbolismo: el llamado patio de Napoleón del Louvre, con la pirámide de cristal de Mitterrand brillando a sus espaldas. Una ceremonia imponente, perfectamente coreografiada. Pero en agosto, cuando cumplió sus primeros cien días en el poder, ya no hizo nada especial. De hecho la efeméride lo pilló con su popularidad demoscópica aplatanada y de vacaciones con su mujer en la Costa Azul.

En las democracias convencionales los mandatarios no organizan saraos costeados con dinero público para festejar sus cien días. Bueno, hasta que llegó Sánchez. Nuestro presidente accidental compareció ayer en la Casa de América en un acto de propaganda por sus cien días. La verdad es que el balance es reseñable: dos ministros caídos por resbalones éticos; la polvareda de la tesis de corta y pega; las mentiras y rectificaciones encadenadas («reflexiones», en la jerga monclovita); el patinazo del «Open Arms», que disparó el efecto llamada (obligando a Merkel a viajar a Doñana para aplicarle una diplomática colleja); la lamentable adulación a los sediciosos separatistas, que siguen amenazando a España; y por supuesto, mucho Franco. Sin nada que vender, Sánchez hubo de inventarse una promesa: reforma exprés de la Constitución para eliminar los aforamientos. Otra pompa de jabón, pues carece de mayoría para ello.

Pero criticar a Sánchez está muy mal visto en ciertos ámbitos mediáticos e ideológicos. Supone una falta de leso progresismo. El propio presidente nos advertía en su entrevista televisiva –donde sus ojos inquietos no concordaban con su sonrisa impostada– que informaciones como la de este periódico sobre su tesis «enturbian la calidad de la democracia». Sus palabras me han tocado. Temo «enturbiar la democracia», por lo que a partir de ahora me esforzaré por adular al presidente con la jovial ilusión de un periodista escolar (y ustedes ya me entienden). De entrada, he remitido a los fontaneros de La Moncloa algunas ideas para nuevas efemérides propagandísticas pagadas con dinero público, que podrían abrillantar aún más –si cabe– el perfil del presidente. Por ejemplo: Conferencia Política en Polideportivo Magariños conmemorando el primer tapón de Sánchez en los juveniles del Estudiantes; Congreso Internacional de Doctores Honoris Causa, con ponentes de Togo, Haití y Afganistán explicando sus prácticas de excelencia; Simposium de Progresismo Forense en Cuelgamuros; Segundo Aniversario del Amago de Pucherazo de octubre de 2016 en Ferraz, cuando Page paró a gritos la intentona del gran Sánchez de hacer votar al Comité Federal en una urna de pega; Cumbre de la OTAN en Madrid sobre Misiles Toy’s R Us, tutelada por el tándem Celaá & Margarita… etc, etc, etc. España está ante una oportunidad única de lograr un país más progresista, justo, inclusivo… cabreado, roto y fiscalmente insufrible. Sinceramente, toca echar una mano.

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