El Barça se aburre pero gana la Supercopa

La nueva temporada del Barça empezó ayer en Cataluña sin la voz de Joaquim Maria Puyal narrando sus partidos, tras 50 años de haber sido el mejor cronista que jamás tuvo este equipo. Le sustituye Ricard Torquemada, a quien queremos y en quien confiamos y a quien estamos seguros de que también tendremos mucho que agradecerle cuando el próximo medio siglo pase. Gratitud, nostalgia y esperanza. Ni juntos ni por separado no son sentimientos poco habituales.

Partido marroquí -el calor más soportable que el bochorno-, el último del Barça que podremos ver sin pagar. Gil Manzano en el VAR era la gran novedad de la noche, junto con Arthur y Lenglet. El gran estadio de Tánger aclamaba más a Messi concretamente que a ninguno de los dos equipos. Messi correspondió con un saludo.

Hablando de novedades, primer 4-3-3 de Valverde -creo que nunca antes- con Messi en el campo. El Sevilla, con Machín en el banquillo, llegaba más rodado. El Barça empezó más rápido que profundo. Pero estaba cómodo y jugaba fluido. Pero quien primero golpeó fue el Sevilla, con una jugada rápida y bien trenzada, rematada por Sarabia -buena asistencia de Muriel- y que el línier anuló pero que acertadamente el VAR devolvió a la legalidad. Audaz el Sevilla, inocentón el Barça.

Los de Valverde no se desmarcharon y Messi puso a prueba a Vaclík en el primer disparo azulgrana. El argentino apareció también como pasador y el fútbol del Barcelona empezó a desplegarse. Arthur no estaba pero se le esperaba. Lenglet hacía lo que tenía que hacer, y lo hacía bien, con Piqué de la mano.

El Sevilla, bien agrupado detrás, no tenía posesiones largas, pero resistía bien los ataques algo redundantes del Barça, que sólo funcionaba en relación a Messi. Al equipo le faltaba colmillo, pegada, sentido de la verticalidad, afirmación resolutiva. También algo de virilidad, algo de esa determinación con que el Madrid gana las Champions no porque juegue bien o lo merezca -o no necesariamente- sino porque simplemente es el Real Madrid.

Un cierto aburrimiento empezó a ser el sentimiento a partir de la media hora. El Barça tenía una posesión del 72% pero no sabía exactamente qué hacer con ella; y el Sevilla, que ya tenía su gol, tampoco es que se esforzara demasiado en alegrarnos la noche. Los ministros Guirao y Grande-Marlaska, en el palco. El Barcelona seguía tocando y tocando, pero sin agresividad, sin nervio, sin el ímpetu con que nos sobreponemos a los obstáculos.

En el 39, una clara falta en el balcón del área del Sevilla fue recibida con una expectación casi sexual por el público, que una vez más, con su inusitada excitación, dejó claro que mucho más que la final Supercopa, a quien quería ver era a Messi. Leo correspondió a tanto furor desbordado chutando al palo y el rebote lo aprovechó Piqué para empatar.

Rakitic entró por Rafinha tras el descanso. Hay algo curioso sobre Piqué, y es que se suele poner en la barrera del contrario de cara al portero y de espaldas a Messi. También lo hizo ayer, y por ello pudo llegar oportunamente al remate. Enseguida Coutinho entró por Arthur. Tánger, tan francófona ella, celebró con notable jolgorio que el sustituido no fuera Dembélé. Con el cambio de los dos interiores, Valverde parecía dar a entender el Arthur y Rafinha tendrán sus oportunidades, pero que los titulares serán Rakitic y Coutinho, como mínimo en estas demarcaciones. Poco ritmo y todavía menos profundidad del Barça en la segunda parte. Sin velocidad ni fluidez, estaba más expuesto a las contras de un Sevilla que, en cambio, se mantenía perfectamente fiel a su idea original y estrelló Franco Vázquez en larguero, de cabeza, el remate del primer córner de su equipo. Pese a ello, nos continuábamos aburriendo: el partido se parecía mucho más aquellos torneos de los veranos de mi infancia, como el Ramón de Carranza, que a la final del primer título de la temporada. Machín sustituyó a Sarabia por Aleix Vidal en el minuto 70.

Lento el partido transcurría hacia el minuto 90, tal vez la final más descafeinada de la historia de la Supercopa. Lejos quedaban los clásicos que tanto nos hicieron vibrar, dedo en el ojo incluído. Coutinho alegró el ataque azulgrana tras el cambio de dibujo de Valverde en la delantera, pero quien desde luego elevó la fiesta justo hasta el cielo que el público de Tánger deseaba fue Dembélé, que adelantó a su equipo de un soberbio trallazo. El francés, azuzado por el respetable, que le trató toda la noche como al «chico de la casa», aprovechaba la oportunidad que el míster le estaba dando. Fue aclamado como un José Tomás cuando le sustituyó Arturo Vidal.

Y justo cuando ya parecía todo decantado, un absurdo pero merecido penalti que él mismo había provocado, lo paró Ter Stegen corrigiendo su error.

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