El asesinato de Lincoln por «separatistas fanáticos» que estremeció a la prensa española en 1865

Hacía ya 13 días que Abraham Lincoln había recibido aquel disparo en la cabeza en el teatro Ford de Washington D.C., cuando la noticia llegó a España. «Según un parte telegráfico recibido esta tarde en el Gobierno, el presidente de Estados Unidos ha sido asesinado», apuntaba el diario católico de «La Regeneración», el 26 de abril de 1865. Con la misma brevedad se lanzaron también a la piscina «El Pensamiento Español» y «La Época», a pesar de que la noticia no era más que un rumor sin confirmar. Pero no olvidemos que entonces todavía faltaba una década para que Alexander Graham Bell patentara el teléfono y 120 años para que apareciera internet.

Diario «La Corona» con la notica del asesinato de Lincoln – BNE

A pesar del bombazo informativo que implicaba, otros periódicos como «El Contemporáneo» decidieron ser más cautos, asegurando que la embajada en Madrid «no había recibido comunicación alguna sobre el particular». Pero lo cierto es que la mayoría de las cabeceras dieron por cierto el primer apunte y se lanzaron a dar todo tipo de detalles, confirmados o no. La noticia era, sin duda, importante: era el primer presidente asesinado de la historia de Estados Unidos. Lo habían intentado tres décadas antes con Andrew Jackson, pero su autor no tuvo suerte al encasquillarse su arma hasta en dos ocasiones. Con James A. Garfield, en 1881, y William McKinley, en 1901, lo consiguieron. Y tampoco nos olvidamos del famoso atentado en Texas contra John Fitzgerald Kennedy en 1963. Lincoln era, por lo tanto, el primero de los cinco inquilinos de la Casa Blanca que murió por los disparos de un opositor perturbado.

Hablamos del presidente estadounidense que se convirtió en fuente de inspiración para todos sus sucesores hasta el día de hoy. Del hombre que consiguió unir a su país en medio de una guerra fratricida, abolir la esclavitud y encarnar en sí mismo el sueño americano, con una una historia personal que ayudó a construir su leyenda: la de un chico nacido en el seno de una familia humilde de agricultores en Kentucky que, tras convertirse en el hombre más poderoso de su país, acababa de ser asesinado justo después de conseguir la paz en una guerra con más de 600.000 muertos en el camino.

El interés por Lincoln

En España también se le quería. Y de hecho, tan solo un día antes de conocerse su muerte en España, el diario democrático de «La Discusión» hablaba así de él: «El presidente Lincoln, cuya gloria brilla hoy a la altura de las primeras de la historia, se ha trasladado a Richmond. Desde allí se dirigirá a los Estados hasta hoy rebeldes y les incitará a la paz y la conciliación, exigiéndoles que unan sus esfuerzos a los de sus hermanos del Norte, para borrar cuanto antes las huellas de las pasadas desgracias y contribuyan, en común, a la prosperidad nacional».

Representación del asesinato de LincolnLo que ocurría al otro lado del charco interesaba, sin duda, más allá de sus fronteras. Igual que hoy en día. Pocos días antes de su muerte, en España podían leerse a diario desde las noticias más importantes, como los últimos coletazos de la Guerra de Secesión, hasta las más estrambóticas: «Ha ocurrido en Washington un incidente no poco escandaloso. El nuevo vicepresidente de la República, Andrew Johnson, se presentó el día 4 en la ceremonia de inauguración de los nuevos poderes del presidente en un estado lastimoso. Pudiendo apenas tenerse en pie, tambaleándose, apostrofó a Lincoln y provocó las mayores inconveniencias. Después del escándalo, se mandó cerrar un despacho de licores próximo al palacio. Se pretende obligar ahora al señor Johnson que presente su dimisión», comentaba «La Corona» los días previos a la catástrofe.

Al día siguiente de llegar la noticia a España, no hubo ni un solo diario que (con más o menos acierto) no se explayara en los pormenores de lo que ocurrido. Como apuntaba «La América»: «Todos los periódicos expresan el gran horror que les ha causado el asesinato de Lincoln». «El presidente estaba en el teatro —añadía esta misma cabecera—. Su asesino, llamado Booth, lo mató disparándole un pistoletazo por la espalda. Otro asesino hermano de Booth entró en el cuarto del secretario de Estado, William H. Seward, que estaba enfermo en la cama, y le dio de puñaladas. No es probable que se salve. A su hijo, llamado Federico, le asentaron también varias puñaladas al entrar en el cuarto de su padre y le ocasionaron la muerte instantánea. Estos horribles asesinatos estaban proyectados hace ya algunas semanas. Los hermanos Booth, conocidos por separatistas fanáticos, están presos. Es imposible describir el efecto que tan bárbaros asesinatos han producido en los negocios y en la opinión pública. El sentimiento de horror es general».

Aún faltaban cinco años para que España sufriera su primer magnicidio —el del Juan Prim en el Paseo del Prado de Madrid, en 1870—, pero algo parecido debieron experimentar los lectores de periódicos de aquí. Y eso que parte de esas primeras informaciones no eran del todo ciertas, puesto que el secretario de Estado no falleció. El cuchillo del asesino, Lewis Powell, y no el hermano de Booth como apuntaba la prensa, le apuñaló en el cuello, pero sin alcanzar la vena yugular. Y su hijo Frederick tampoco murió, puesto que la pistola con la que intentó disparar no funcionó y el agresor solo acertó a golpearle con el arma en la cabeza varias veces hasta que se quedó inconsciente.

El parte médico de Lincoln
No tuvo tanta suerte el décimosexto presidente de Estados Unidos. El primer médico que acudió en ayuda de Lincoln en el teatro Ford escribió en su informe, descubierto en los Archivos Nacionales de Washington en 2012, que «a las 7.20 horas de la mañana exhaló su último suspiro y su alma voló a Dios». «Al no encontrar ninguna herida cerca del hombro, comencé a examinar su cabeza —explicaba antes—. Rápidamente pasé mis dedos sobre un coágulo de sangre grande y firme situado una pulgada (2,5 centímetros) debajo de la línea curva superior del hueso occipital. Removí el coágulo fácilmente y luego pasé el dedo pequeño de mi mano izquierda por la claramente tersa apertura causada por la bala. Colocamos al presidente en diagonal sobre una cama, que era demasiado pequeña. Lo único que se podía hacer era impedir que la sangre se coagulara». Para deleite de los lectores más morbosos, «La Época» era aún más gráfico en su descripción: «El asesino entró en el palco, cuya puerta no estaba cerrada, y se lanzó bruscamente detrás del presidente. Acercó la boca de una pistola a su cabeza y le saltó la tapa de los sesos. La bala, que entró por detrás del occipucio, le atravesó casi enteramente la cabeza».

Lincoln, en 1864En los días sucesivos, los diarios españoles seguían estremecidos ante la noticia por el futuro que le esperaba al país llamado a liderar al mundo. «Este deplorable acontecimiento sume a los Estados Unidos en una situación crítica, justo cuando parecía que iban a disfrutar de la tranquilidad y el bienestar que los cuatro años de guerra fratricida les había privado. El crimen parece que no tiene otro origen que el odio fanático de dos hermanos separatistas que, quizá, han querido vengar de este modo la caída de su confederación», lamentaba «El Contemporáneo» en su edición del 28 de abril de 1865.

Efectivamente, los bandos enfrentados en aquella guerra entre la Unión, encabezada por Lincoln, y la Confederación. Las causas de la contienda fueron muchas, variadas y complejas, pero la historia recuerda aquel infausto episodio como una sangrienta disputa por la abolición de la esclavitud. La Unión quería acabar con ella y la Confederación, no. Por eso, cuando John Wilkes Booth disparó al presidente como venganza por la derrota de la causa confederada, se lanzó después sobre el escenario a grito de: «¡Sic semper tyranis!» («¡Así siempre a los tiranos!»).

«La creación de una dictadura»
Ante la perspectiva de un futuro negro, cabeceras como «La Esperanza» llegaron, incluso, a defender «la necesidad de adoptar medidas no solo represivas, sino preventivas. Y esto solo puede realizarse con la creación de una dictadura o la dominación suprema del poder militar. Las sociedad, aterrada, apelara a este recurso». Por su parte, «La Correspondencia de España» aseguraba que la indignación y la ira en la sociedad estadounidense estaba alcanzando «proporciones considerables» tras el magnicidio. Y mientras, «El Contemporáneo» ponía el foco en la dificultad de encontrar un sustituto a la altura de Lincoln: «No es fácil que se sustituya cumplidamente a un presidente cuyo tesón y energía, con la oposición de la mayor parte de los Estados, habían conseguido dominar a los valientes y obstinados separatistas, y para ver tan próxima la realización de su proyecto: la reconstitución de la gran confederación norteamericana. Es posible que le sustituya el general Grant, que si como hombre de guerra es un esforzado campeón, como hombre político es muy inferior a Lincoln». Pero el sucesor fue, finalmente, el vicepresidente Andrew Johnson, que al tomar posesión de su cargo dijo: «Ahora todos los deberes pesan sobre mí. Procuraré cumplirlos. Las consecuencias pertenecen a Dios. Cuento con vuestro apoyo».

Justo un mes después del asesinato, el 14 de mayo de 1865, «La Discusión» detallaba pormenorizadamente el funeral del presidente de Estados Unidos. Y concluía, aún afectada por el suceso: «De este modo terminó la vida de uno de los más grandes hombres de este siglo. Abraham Lincoln nació y se educó en la oscuridad, elevándose después al más alto puesto del Estado. Murió sentido por la nación como un hombre bueno y honrado. Ha sido un presidente sabio y lleno de fe, y vivirá en la memoria del pueblo y en la historia como digno de ser llamado el salvador de la República, como George Washington fue su fundador».

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