El amuleto del «más allá» que no salvó al príncipe Felipe

La corvina es un pescado blanco de carne sabrosa y firme que forma parte de nuestra gastronomía, y que se captura en la zona geográfica que comprende la banda atlántica de Marruecos y el norte de las islas Canarias.

Generalmente la corvina se prepara en forma de filetes o rodajas, un despiece que es facilitado por la separación que existe entre sus vértebras. En su cabeza hay una piedra de pequeño tamaño, con aspecto de alabastro y que se asemeja a la forma de una almendra, es en realidad un otolito –literalmente «piedra del oído»-.

Se trata de una formación calcárea, que comparten varias especies de peces, y que realiza tareas relacionadas con la audición y el equilibrio. Los otolitos les sirven a los peces para saber la velocidad y la dirección a la que están nadando.

Otolitos, parecidos a anillos de árboles
Los otolitos son de enorme utilidad a los científicos, no solamente les informa de pautas migratorias sino que también les sirven para calcular la edad de los peces, etapas del desarrollo o las condiciones del entorno, ya que estas formaciones crecen en capas concéntricas, al igual que la corteza de los árboles.

Los otolitos se forman a partir del agua donde vive el pez, por lo que su análisis nos permite conocer las propiedades químicas del medio ambiente. En este sentido, podría decirse que los otolitos son las «cajas negras» de los peces.

El otolito de la corvina era conocido por nuestros antepasados, ya que ha aparecido en más de un ajuar personal de algún mandamás fenicio o púnico que vivió hace más de tres mil años. Los ejemplares que disponemos se han encontrado mayoritariamente en las provincias de Huelva y Cádiz. Por ejemplo, se han descubierto entre los enseres de algunos enterramientos del poblado fenicio de Doña Blanca, en el Puerto de Santa María (Cádiz).

¿Un amuleto?
Ahora bien, ¿para qué utilizarían nuestros antepasados el otolito de la corvina? Posiblemente, era empleado como amuleto. El origen de estos adminículos se pierde en la noche de los primeros hombres y era una forma muy rudimentaria de llamar a su favor las fuerzas ocultas de la naturaleza.

Probablemente los fenicios pensaban que este hueso les ayudaría a volver sanos y salvo a casa, después de una larga travesía. Su presencia en los lugares de enterramiento hace presumir que sería utilizado como fuente de luz en el oscuro camino hacia el inframundo, al igual que los romanos colocaban en los ojos de los difuntos unas monedas para barquero Caronte.

Durante mucho tiempo nuestros antepasados llevaban en un saquito o colgado al cuello los otolitos de la corvina, a los que se atribuían todo tipo de curaciones, quitaba el dolor de cabeza, favorecía la fecundidad y quitaba el mal de ojo.

Retratado por Velázquez
El otolito de la corvina aparece en el retrato que Velázquez realizó al príncipe Felipe Próspero (1657-1661) en el año 1659. En aquellos momentos Felipe era el príncipe heredero. En el cuadro se nos muestra a un príncipe de Asturias pálido y con aspecto enfermizo con numerosos amuletos y talismanes. A través de ellos su padre, el monarca Felipe IV, buscaba ansiosamente la protección del «Más Allá».

La obsesión por los amuletos –los llamados «objetos de virtud»- hay que buscarla en la elevada mortalidad que había entre los hijos de los Austria y que obedecía a multitud de factores (endogamia, mala atención que recibían durante el parto, mala elección de las nodrizas…). No deja de ser curioso que los dijes conviviesen en paz y armonía con el rigorismo cristiano imperante en la época.

La verdad es que de poco sirvieron a Felipe Próspero los otolitos de la corvina, ya que acabaría falleciendo dos años después de la pintura velazqueña, y a escasos días del nacimiento de su hermano Carlos, el que sería con el tiempo Carlos II.

M. Jara

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación
.

Powered by WPeMatico