El algodonal catalán

Bastan aproximadamente cinco días en Cataluña para entender la idoneidad del ungimiento de Quim Torra por parte del conducator prófugo. “Alemanizo” la condición de Puigdemont porque, al menos gracias a la elección de Torra, los que escribimos por fin podemos referirnos al nacionalismo catalán, en los justos términos y sin que los pánfilos del buenismo se nos echen encima, como la derivada del nazismo antisemita. Y, a toda su estructura clientelar implantada en Cataluña, la Comunidad Valenciana y Baleares, como los criaderos pangermanistas de una nueva raza que, aunque promocionada como una nueva estirpe de contextura más homérica e inteligente, en definitiva, no tiene más expectativas que ser el nuevo Bichón Maltés con pedigrí de la República.

El “The Best of Class del estándar indepe”. No lo digo yo. Lo repite incansable en su discurso el muñón Puigdemoníaco de Torra: “Raza, “ganado”, “pureza”, “bestias” y “mezcla” son sólo algunas de las palabras que no sólo circunscriben la existencia del no nacionalista a un núcleo zoológico, sino que también pasean de la correa al votante indepe y hablan de cómo éste ha acatado voluntariamente su contribución explícitamente seminal en el proyecto de construcción nacional. Ese es el calibre del complejo de media sociedad catalana que ha tolerado que la ANC conferenciara sobre “los niños que esnifaban pegamento porque llegaban de Andalucía” o persiguiera a los hijos de los guardias civiles en Cataluña.

Puigdemont es consciente de esa realidad, y de ahí que haya que reconocerle su habilidad al elegir a Torra, quien conjuga las cualidades necesarias para representarla. En primer lugar, posee ese tremendo torrente de potencial voluntarista que suelen albergar los delincuentes de poca monta conscientes de sus escasas posibilidades de supervivencia fuera de la estructura clientelar armada durante décadas de concesiones al nacionalismo. Lo que comúnmente se conoce como el prototípico subnormal fidelizado capaz de hacer cualquier cosa con tal de no perder esa sensación de ser aclamado. En segundo lugar, es el propio Torras quien se reconoce a sí mismo como un recadero sin pretensiones y en interinidad. El último idiota en apagar la luz antes de entrar en Estremera. La quintaesencia del nacionalismo que ha empleado su influencia y su sobrefinanciación en defender el sometimiento voluntario de parte de los catalanes con pánico a la emancipación del poder político y que, como los negros de los algodonales de Carolina del Sur de 1800, creían que, gracias a un estado de esclavitud, alcanzaban el punto álgido de su longevidad, su máxima perfección física y moral, y prerrogativas a cambio de evitar el levantamiento y la desobediencia de los propios. A cambio de contribuir a su persecución activamente.

Sorprende el estupor de Sánchez ante la elección del nuevo terrateniente del algodonal catalán que tomará posesión del cargo esta mañana con nocturnidad, sin la bandera española y sin jurar lealtad a la Carta Magna y al jefe de Estado. El secretario general del PSOE actúa como si nunca lo hubiera visto antes cuando es su partido el que llegó a amenazar al hotel Check In Pineda en Pineda del Mar con cerrarles el hotel de no expulsar a la Policía Nacional en octubre. Cuando es el PSOE el partido que ha extendido la esclavitud al nacionalismo con diligente hispanofobia gobernando en la Comunidad Valenciana y Baleares, los dos núcleos de construcción nacional separatista junto a Cataluña de los que ya parte un éxodo de funcionarios, sanitarios y padres por no poder elegir la lengua en la que han de educarse sus hijos. Limpieza étnica suavizada por la cotidianidad. Racismo políticamente correcto.

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