Educar es incómodo

Cada día son más frecuentes las denuncias de maltrato físico y psicológico de hijos a padres y de alumnos a profesores. Los datos son alarmantes. Parece que, en este inicio de curso, debemos reflexionar en los ámbitos familiar y escolar sobre esta preocupante realidad. Es obvio que la educación falla. Muchos jóvenes maltratadores han sido «niños tiranos» a los que nada se les ha negado y nunca se les ha dicho «no» cuando proponían algo indebido. Y es que decir «no», en casa y en el aula, es molesto. La calle y lo que abunda en los medios de comunicación están en contra. Se «comprende» –por aquello de ponerse en el sufrido lugar del otro– que padres y profesores, cansados y agobiados cuando hijos y alumnos insisten en lo que no deben, sucumban al desánimo y transijan, «harto ya de estar harto» de pelear.

Y esta dejación del deber de educar lleva a decir: «Déjame en paz y haz lo que quieras». Maleducar es proceso de difícil retorno, por más que se intente después de haber cedido. La paz del que consiente «para que le dejen en paz» es efímera: «pan para hoy y hambre para mañana». Evita la irritación de momento, pero pronto se paga caro.

Además la falta de control afecta, de forma paulatina, a temas cada vez más graves. La autoridad, a fuerza de no ejercerla, se pierde de modo irremediable. Reafirmo la ineludible obligación de decir «no», si bien debe ser un «no razonado». Y me atrevo a proponer siete consejos: antes de corregir, meditarlo con serena reflexión; regañar en privado, salvo que produzca un efecto disuasorio en público (en este caso, ser muy delicado con quien se corrige); controlar ira y no descalificar; animar y ponderar los éxitos; ser afectuoso y expresarlo; estar dispuesto a pedir que se recomience una y otra vez; y desdramatizar los fracasos. Los «buenos/as chicos/as» no lo son por casualidad, sino por su esfuerzo y por el de sus educadores. Educar es difícil y, sobre todo, incómodo. Pero compensa y tiene también su recompensa.

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